Arquitectura y Neuroestética: Cómo el diseño de tu casa influye en tu salud mental diaria

neuroarquitectura vivienda Eduardo Álvarez

Arquitectura y Neuroestética: Cómo el diseño de tu casa influye en tu salud mental diaria

Una casa puede cumplir perfectamente con todo lo que aparece en los planos y, aun así, no resultar especialmente agradable para quien vive en ella. Puede tener los metros necesarios, una distribución aparentemente correcta y buenos materiales, pero faltarle algo difícil de expresar con una cifra. En nuestro Estudio de Arquitectura Bioclimática y Sostenible esa percepción también forma parte del proyecto, porque una vivienda no se experimenta únicamente a través de su temperatura o de su consumo energético. La vivimos con la vista, el oído, el tacto y, sobre todo, a través de una relación diaria con los espacios que acaba siendo mucho más profunda de lo que parece.

Pasamos muchas horas dentro de edificios. Dormimos, trabajamos, descansamos, cocinamos, conversamos y realizamos buena parte de nuestras rutinas dentro de espacios diseñados por alguien. Parece razonable, entonces, preguntarse hasta qué punto las características de esos lugares participan en nuestro bienestar cotidiano.

Aquí es donde la neuroarquitectura en vivienda resulta especialmente interesante. Su planteamiento parte de estudiar la relación entre las personas y los espacios que habitan, prestando atención a cuestiones que la arquitectura siempre ha considerado —la luz, las proporciones, el ruido, las vistas o la relación con el exterior—, pero incorporando conocimientos procedentes del estudio de la percepción y de nuestra respuesta frente al entorno.

No estamos hablando de diseñar casas que curen enfermedades ni de atribuir a la arquitectura efectos que no le corresponden. Una vivienda no sustituye ningún tratamiento médico o psicológico. La cuestión es bastante más cercana: determinados espacios pueden resultar cómodos, tranquilos y fáciles de habitar, mientras otros nos someten a estímulos continuos que hacen menos agradable la vida diaria. Y muchas de esas diferencias pueden empezar a trabajarse desde el proyecto.

La neuroarquitectura pone a la persona en el centro de la vivienda

La palabra neuroarquitectura puede sonar a una disciplina completamente nueva, aunque buena parte de las preguntas que plantea llevan mucho tiempo presentes en la arquitectura. ¿Por qué nos sentimos cómodos en determinados espacios? ¿Por qué algunos lugares invitan a permanecer en ellos y otros generan el deseo de marcharse? ¿Qué ocurre cuando una estancia recibe poca luz natural o cuando estamos expuestos continuamente al ruido?

Lo interesante es que estas cuestiones dejan de contemplarse únicamente desde la intuición o desde criterios estéticos. La investigación sobre percepción, cognición y comportamiento permite comprender mejor algunos mecanismos que intervienen en nuestra relación con el entorno construido.

Eso no significa que exista una fórmula universal para diseñar la vivienda perfecta. De hecho, sería contradictorio. Las personas no vivimos igual, no tenemos las mismas rutinas y tampoco reaccionamos de idéntica manera ante un espacio. Una familia con niños pequeños necesita cosas diferentes a una pareja que trabaja buena parte de la semana desde casa. Incluso dentro de una misma familia habrá quien necesite más tranquilidad, quien busque constantemente la luz o quien valore especialmente disponer de un rincón apartado.

Por eso la personalización adquiere aquí bastante importancia. Diseñar pensando en las personas implica conocer cómo van a utilizar realmente la casa y no limitarse a distribuir un programa de habitaciones dentro de una superficie determinada.

La neuroestética va más allá de decidir si una casa es bonita

La neuroestética introduce otra cuestión interesante: cómo percibimos aquello que vemos y qué características hacen que determinados entornos nos resulten agradables.

En arquitectura tendemos a utilizar palabras como bonito, acogedor o elegante con bastante facilidad, pero son conceptos demasiado amplios para explicar nuestra relación con un espacio. En esa percepción intervienen las proporciones, las texturas, los contrastes, la cantidad de información visual, los materiales, la iluminación y la relación entre unas partes y otras.

Una habitación puede tener materiales excelentes y resultar visualmente agotadora. Otra puede ser mucho más sencilla y transmitir una sensación de calma. No necesariamente porque utilice determinados colores o siga una tendencia decorativa concreta, sino porque existe un equilibrio entre los diferentes estímulos.

Aquí aparece una diferencia importante entre arquitectura y decoración. La percepción del espacio comienza mucho antes de elegir muebles o colores. La altura de una estancia, el tamaño y posición de las ventanas, las vistas que encontramos al entrar o la relación entre espacios abiertos y zonas más recogidas ya están condicionando la experiencia.

Son decisiones arquitectónicas y, en muchos casos, difíciles de modificar una vez terminada la vivienda.

La luz natural no sirve únicamente para iluminar

Probablemente sea uno de los aspectos que percibimos con mayor facilidad. Entrar en una habitación bien iluminada naturalmente produce una experiencia completamente diferente a hacerlo en otra que necesita iluminación artificial durante buena parte del día.

Pero diseñar con luz natural no consiste en llenar las fachadas de grandes ventanales.

Importa desde dónde entra la luz, en qué momentos del día lo hace y qué uso tendrá esa estancia. También hay que controlar el exceso de radiación solar, los reflejos o el sobrecalentamiento que puede provocar una apertura mal planteada.

Una vivienda cambia continuamente a medida que avanza el día. La luz de primera hora no tiene nada que ver con la de última hora de la tarde, y la orientación modifica por completo esa experiencia. Trabajar con estas variaciones permite que los espacios tengan una relación más natural con lo que ocurre en el exterior.

Este punto conecta directamente con la arquitectura bioclimática. Una orientación bien estudiada puede ayudar a aprovechar la radiación solar cuando resulta beneficiosa y proteger la vivienda cuando deja de serlo. La misma decisión que contribuye a reducir la demanda energética puede mejorar también la calidad de la luz que recibimos en el interior.

Cuando hablamos de bienestar, esa coincidencia resulta especialmente valiosa. No necesitamos elegir entre eficiencia y calidad espacial. Un buen proyecto debería intentar resolver ambas cosas a la vez.

El ruido modifica nuestra experiencia de la casa aunque dejemos de prestarle atención

Hay sonidos que terminamos incorporando a la rutina hasta el punto de creer que ya no los escuchamos. El tráfico de una carretera próxima, instalaciones funcionando, conversaciones procedentes de otras habitaciones o ruidos del exterior pueden convertirse en parte del fondo sonoro de una vivienda.

Que dejemos de prestarles atención conscientemente no significa que el ambiente acústico haya dejado de importar.

Por eso el confort acústico merece analizarse desde las primeras fases del proyecto. La posición de los dormitorios, la relación entre las zonas de actividad y descanso, las características de los cerramientos o la elección de determinadas carpinterías pueden cambiar considerablemente la experiencia sonora de una vivienda.

También importa el ruido que generamos dentro. Una casa completamente abierta puede resultar atractiva sobre el plano, pero quizá no responda bien cuando varias personas necesitan realizar actividades diferentes al mismo tiempo. Cocinar mientras otra persona trabaja, ver televisión mientras alguien estudia o recibir visitas mientras un niño duerme son situaciones normales. La arquitectura debe ser capaz de asumirlas.

No siempre necesitamos más aislamiento. A veces necesitamos una distribución que entienda mejor nuestras rutinas.

neuroarquitectura vivienda Eduardo Álvarez

La temperatura también se siente, no solo se mide

Dos habitaciones pueden encontrarse a una temperatura similar y transmitir sensaciones diferentes. La temperatura de las superficies, la existencia de corrientes de aire, la humedad o la proximidad a determinados cerramientos influyen en cómo percibimos el ambiente.

Esto explica por qué reducir el confort térmico a los grados que marca un termostato ofrece una visión demasiado limitada.

Una vivienda bien diseñada intenta mantener unas condiciones interiores estables sin obligar a sus habitantes a estar corrigiéndolas continuamente. Para conseguirlo intervienen la envolvente, el aislamiento, la orientación, las protecciones solares, la estanqueidad y la ventilación, entre otros aspectos.

Aquí volvemos a encontrar una relación directa entre arquitectura bioclimática y bienestar. Una casa que reduce las pérdidas de calor, controla el exceso de radiación en verano y evita corrientes no deseadas necesita menos energía, pero además proporciona un ambiente más estable.

Esa estabilidad se percibe en cosas muy sencillas: poder utilizar las zonas próximas a las ventanas durante el invierno, no encontrar habitaciones excesivamente calientes en verano o moverse por la casa sin cambios bruscos entre unas estancias y otras.

Puede que ninguna de estas cuestiones sea espectacular cuando se enseña una vivienda recién terminada. En cambio, tienen bastante importancia cuando empiezan a repetirse todos los días.

Respirar bien dentro de casa también forma parte del diseño

La calidad del aire interior ha ganado protagonismo a medida que nuestras viviendas se han hecho más eficientes y estancas. Es una evolución lógica: reducir las infiltraciones descontroladas ayuda a disminuir las pérdidas energéticas, pero también obliga a prestar mucha más atención a cómo se renueva el aire.

Ventilar no significa simplemente abrir una ventana de vez en cuando. Durante el uso cotidiano generamos humedad, olores y diferentes contaminantes interiores. Cocinamos, nos duchamos, limpiamos, utilizamos productos domésticos y permanecemos durante horas en habitaciones cerradas. Todo ello modifica las condiciones del aire.

Una vivienda eficiente debe prever cómo gestionar esa renovación sin depender de fugas accidentales a través de los cerramientos.

Lo interesante es que nuevamente encontramos varias necesidades que convergen. Controlar correctamente la ventilación ayuda a mantener una buena calidad del ambiente interior, contribuye a gestionar la humedad y permite conservar mejor las condiciones térmicas de la vivienda.

Por eso resulta difícil separar completamente bienestar, arquitectura y eficiencia energética. Cuando el proyecto se aborda como un conjunto, muchas decisiones que mejoran un aspecto terminan beneficiando también a los demás.

La relación con la naturaleza empieza mucho antes de colocar plantas

Cuando se habla de diseño biofílico, es fácil reducirlo a introducir vegetación dentro de casa. Las plantas pueden formar parte de un espacio agradable, por supuesto, pero la relación entre arquitectura y naturaleza es bastante más amplia.

Una ventana que permite observar el paisaje mientras estamos sentados, la entrada de luz a distintas horas del día, la presencia de madera o piedra, la posibilidad de salir directamente desde una estancia al jardín o simplemente poder percibir cómo cambia el tiempo desde el interior son formas diferentes de mantener ese contacto.

En una vivienda, las vistas tienen además un valor que a veces se desaprovecha. No basta con saber que existe un paisaje interesante al otro lado de la fachada. Hay que pensar desde qué puntos de la casa se verá, a qué altura estarán los ojos cuando estemos sentados y qué espacios utilizaremos durante más tiempo.

Esto cambia la forma de proyectar los huecos. Una ventana deja de ser únicamente una entrada de luz y pasa a establecer una relación concreta entre una estancia y aquello que ocurre fuera de ella.

La arquitectura bioclimática lleva mucho tiempo trabajando precisamente con esa relación entre edificio y entorno. La orientación, el sol, el viento, la vegetación o la topografía no se consideran elementos ajenos a la vivienda. Son parte de la información que necesitamos para proyectarla.

Los materiales se ven, pero también se tocan y envejecen

Nuestra relación con los materiales tampoco es exclusivamente visual. Caminamos sobre ellos, los tocamos, percibimos su temperatura y observamos cómo cambian con los años.

Por eso elegir un material únicamente por cómo aparece en una fotografía puede resultar demasiado limitado. La experiencia de vivir con él será bastante más compleja.

La madera, la piedra, los revestimientos minerales o determinados tejidos introducen texturas y pequeñas variaciones que forman parte de nuestra percepción cotidiana. No es necesario convertir toda la vivienda en una exposición de materiales naturales. Muchas veces resulta más interesante utilizarlos con criterio, allí donde aportan algo al espacio y tienen sentido desde el punto de vista constructivo.

También conviene pensar en su envejecimiento. Hay materiales que cambian con el uso y adquieren una apariencia diferente con el tiempo. Otros requieren un mantenimiento considerable para conservar exactamente el aspecto del primer día. Ninguna de estas características es necesariamente buena o mala, pero deberían conocerse antes de tomar una decisión.

Una casa se utiliza. Se toca, se pisa y se transforma. Diseñarla como si tuviera que permanecer siempre igual que el día de las fotografías puede llevarnos a elegir soluciones poco coherentes con la vida que tendrá después.

El exceso de estímulos también puede cansar

Durante los últimos años hemos visto viviendas donde prácticamente cada superficie intenta llamar la atención. Cambios constantes de materiales, iluminación decorativa, grandes contrastes, diferentes texturas y numerosos elementos compitiendo dentro de una misma estancia.

El resultado puede ser atractivo durante unos minutos y resultar bastante diferente cuando ese espacio se convierte en el escenario de todos los días.

La neuroestética resulta interesante precisamente porque obliga a preguntarnos cómo procesamos visualmente un ambiente y qué cantidad de información estamos introduciendo. No existe una regla según la cual una vivienda deba ser necesariamente minimalista para resultar agradable. Tampoco tendría sentido reducir el bienestar a utilizar una determinada gama de colores.

La cuestión está más relacionada con el equilibrio.

Necesitamos cierta riqueza visual para que un espacio tenga carácter, pero también lugares donde la mirada pueda descansar. Necesitamos contrastes, aunque no todos los elementos tengan que competir por nuestra atención. Y necesitamos personalidad sin convertir cada estancia en un conjunto de estímulos independientes.

En arquitectura, muchas veces la calma no procede de quitar cosas, sino de conseguir que las que permanecen mantengan una relación coherente entre sí.

neuroarquitectura vivienda Eduardo Álvarez

Una distribución puede facilitar la vida o complicarla todos los días

Hay decisiones de proyecto que parecen pequeñas sobre un plano y que, después, se repiten cientos de veces durante la vida cotidiana.

Dónde dejamos el abrigo cuando entramos, qué recorrido hacemos desde la cocina hasta la mesa, si necesitamos atravesar una zona privada para llegar a otra estancia o si desde el lugar donde trabajamos vemos continuamente pasar al resto de la familia son cuestiones aparentemente sencillas. Cuando están bien resueltas apenas pensamos en ellas. Cuando no lo están, se convierten en pequeñas incomodidades que aparecen una y otra vez.

Aquí la neuroarquitectura en vivienda tiene mucho que aportar porque desplaza la atención desde la forma del espacio hacia la experiencia de utilizarlo.

Una buena distribución no debería obligarnos a adaptarnos constantemente a la arquitectura. Tendría que ocurrir justo al contrario: la arquitectura debería comprender nuestras rutinas y facilitar que se desarrollen de una manera natural.

Eso requiere preguntar antes de dibujar.

Cuántas personas vivirán en la casa, qué actividades realizan juntas, cuáles necesitan hacer por separado, si trabajan desde casa, cuánto cocinan, cómo reciben visitas o qué relación quieren mantener con los espacios exteriores son preguntas que pueden parecer demasiado cotidianas para formar parte de un proyecto arquitectónico. En realidad, son las que permiten convertir una vivienda genérica en una casa pensada para quienes van a habitarla.

No siempre queremos estar juntos

La arquitectura residencial contemporánea ha tendido durante años hacia espacios cada vez más abiertos. Cocinas conectadas con salones, grandes zonas comunes y menos divisiones interiores han permitido crear viviendas luminosas y favorecer la relación entre quienes las habitan.

Pero abrir todos los espacios tampoco es necesariamente la respuesta adecuada para cualquier familia.

En una casa ocurren muchas cosas al mismo tiempo. Una persona puede necesitar concentración mientras otra quiere escuchar música. Alguien puede estar descansando mientras en otra zona se mantiene una conversación. Los niños crecen y empiezan a reclamar una intimidad que unos años antes no necesitaban.

Una vivienda debe permitir encontrarse, pero también separarse.

Esta posibilidad de elegir tiene mucho que ver con el bienestar. Disponer de un lugar donde estar tranquilo no significa necesariamente añadir una habitación específica para cada actividad. Puede conseguirse mediante la organización de los espacios, pequeños ámbitos de transición o una distribución que evite que todas las funciones dependan de una única gran estancia.

Diseñar para convivir implica aceptar que la convivencia también necesita momentos de privacidad.

Personalizar una vivienda es algo más profundo que elegir acabados

Cuando hablamos de una casa personalizada, muchas veces pensamos en la elección de materiales, muebles o colores. Sin embargo, la verdadera personalización debería comenzar bastante antes.

Dos familias con el mismo número de miembros pueden necesitar viviendas completamente distintas. Sus horarios pueden no coincidir, su relación con la cocina puede ser diferente, una puede pasar mucho tiempo en el exterior mientras otra utiliza intensamente los espacios interiores. Incluso la manera de descansar o de recibir visitas cambia de unas personas a otras.

Por eso no existe una solución de neuroarquitectura en vivienda que pueda repetirse como una receta.

No hay un color que garantice tranquilidad, una determinada altura de techo que produzca bienestar ni una proporción de ventanas válida para cualquier persona y cualquier lugar. La arquitectura trabaja con muchas variables al mismo tiempo y una de las más importantes son quienes van a habitarla.

Comprender esas necesidades permite tomar decisiones mucho más razonadas sobre la luz, la acústica, la distribución, la privacidad o la relación con el exterior.

Neuroarquitectura y arquitectura bioclimática terminan encontrándose

Aunque parten de campos diferentes, existen muchos puntos donde ambas formas de entender la arquitectura coinciden.

Una vivienda bioclimática busca relacionarse correctamente con el lugar. Estudia la orientación, la radiación solar, las condiciones climáticas, la ventilación y la envolvente para conseguir espacios confortables con una menor demanda energética.

La neuroarquitectura dirige la mirada hacia la experiencia de las personas dentro de esos espacios.

Cuando ambas perspectivas se encuentran, algunas decisiones adquieren un significado más completo. Aprovechar correctamente la luz natural puede reducir la necesidad de iluminación artificial, pero también mejora nuestra relación con el exterior. Diseñar una buena envolvente reduce el consumo energético y, al mismo tiempo, ayuda a evitar corrientes, superficies frías y ruido. Una ventilación correctamente planteada participa en la eficiencia del edificio y en la calidad del ambiente que respiramos.

No son beneficios independientes. Forman parte de una misma vivienda.

Esto permite superar una idea demasiado limitada de la sostenibilidad. Una casa sostenible no debería ser simplemente aquella que consume pocos kilovatios. También debería ofrecer unas condiciones agradables para las personas que van a utilizarla durante décadas.

Una casa no tiene que impresionarnos todos los días

Quizá esta sea una de las cuestiones más interesantes cuando pensamos en neuroestética aplicada a la vivienda.

Estamos acostumbrados a conocer la arquitectura a través de imágenes. Fotografías perfectamente iluminadas, espacios ordenados y encuadres pensados para mostrar cada proyecto en su mejor momento. Pero nadie vive dentro de una fotografía.

Una casa tiene mañanas con prisa, tardes de trabajo, días de lluvia, juguetes, conversaciones, silencio y objetos que aparecen donde inicialmente no estaban previstos. Esa realidad debería formar parte del proyecto.

Por eso una buena vivienda no necesita estar intentando sorprendernos constantemente. A veces ocurre justo lo contrario. Su calidad aparece cuando dejamos de prestar atención a determinadas cosas porque funcionan como esperábamos.

La luz llega donde resulta agradable. Los recorridos son sencillos. Podemos descansar sin escuchar constantemente lo que sucede en otras zonas. La temperatura se mantiene estable y existe una relación natural con el exterior.

Son cualidades discretas. Y precisamente porque se repiten todos los días terminan teniendo más importancia que muchos gestos arquitectónicos mucho más visibles.

Diseñar pensando en cómo queremos vivir

La neuroarquitectura en vivienda aporta una perspectiva útil porque recuerda algo que puede parecer evidente y que, sin embargo, no siempre ocupa el lugar que merece durante un proyecto: las casas se diseñan para personas.

Comprender cómo percibimos los espacios puede ayudarnos a tomar mejores decisiones sobre la luz, el ruido, las proporciones, los materiales, la privacidad o nuestra relación con la naturaleza. Eso no convierte a la arquitectura en una herramienta terapéutica ni permite garantizar determinadas respuestas emocionales. Las personas somos demasiado diferentes para reducir nuestra experiencia a una fórmula.

Lo que sí podemos hacer es diseñar viviendas que eviten incomodidades previsibles y que ofrezcan unas condiciones adecuadas para desarrollar la vida cotidiana.

Cuando además esos criterios se combinan con los principios de la arquitectura bioclimática, aparece una manera de proyectar donde eficiencia y bienestar dejan de ser objetivos separados. La casa consume menos porque responde mejor al entorno y, al mismo tiempo, esa respuesta contribuye a crear espacios más confortables.

Al final, quizá la pregunta más importante antes de empezar un proyecto no sea únicamente cómo queremos que sea nuestra casa.

También merece la pena preguntarnos cómo queremos vivir dentro de ella.

Preguntas frecuentes sobre neuroarquitectura en vivienda

¿Qué es la neuroarquitectura aplicada a una vivienda?

Es un enfoque que estudia la relación entre las características del espacio construido y la manera en que las personas lo perciben y utilizan. En una vivienda permite prestar especial atención a cuestiones como la luz, el ruido, la distribución, las proporciones, la privacidad o la relación con el exterior.

¿Puede la neuroarquitectura mejorar la salud mental?

La arquitectura puede contribuir a crear ambientes más confortables y reducir determinados estímulos molestos, pero no debe considerarse un tratamiento para problemas de salud mental. Su aportación está relacionada con diseñar espacios que favorezcan el bienestar cotidiano.

¿Qué importancia tiene la luz natural en la neuroarquitectura?

Es uno de los elementos relevantes porque condiciona nuestra percepción del espacio y nuestra relación con el ciclo exterior del día. En arquitectura, además, debe estudiarse junto con la orientación, el control solar y el comportamiento térmico de la vivienda.

¿Qué relación existe entre neuroarquitectura y diseño biofílico?

Comparten el interés por la relación entre las personas y su entorno. El diseño biofílico presta especial atención al contacto con elementos y referencias naturales, mientras que la neuroarquitectura aborda un conjunto más amplio de características del espacio y de nuestra percepción.

¿La neuroarquitectura encarece necesariamente una vivienda?

No tiene por qué hacerlo. Muchas de sus decisiones fundamentales pertenecen al propio proyecto arquitectónico: estudiar correctamente la orientación, organizar los espacios según las rutinas de los habitantes, aprovechar la luz natural, controlar el ruido o plantear una buena relación entre interior y exterior. Pensarlas desde el principio suele ser más razonable que intentar corregirlas cuando la vivienda ya está construida.

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
WhatsApp
Email